¿A quién le debemos la deuda externa?

A veces abrimos el periódico o vemos las noticias y escuchamos notas relacionada a temas como “riesgo país”, “déficit presupuestario” o, el más famoso de todos, el nieto de Maribel Guardia ya sabe bajar las escaleras, pero de eso no venimos a hablar hoy, sino que, hoy hablaremos de la tan temida y poco comprendida deuda externa.

Para que lo veas claro, imagínate esta situación que alguna vez planteó el analista Ignacio Ramonet. Piensa que por fin vas a cumplir el sueño de tener tu departamento propio. Vas al banco, pides un crédito de 20 millones a una tasa fija del 5%. Todo marcha sobre ruedas, haces tus cuentas y sientes que puedes con el compromiso. Pero, de repente, a los tres meses el banco te cambia la jugada: “Mira, ahora la tasa es del 8%”. No puedes quejarte. A los seis meses, sube al 20%. De pronto, ya no trabajas para vivir ni para mejorar tu casa; trabajas exclusivamente para pagarle intereses a un banco que se volvió un vacío infinito (como Satoru Gojo).

Eso, amiguito, es lo que les pasa a muchos países. Mira, te explico: la deuda externa es simplemente el conjunto de obligaciones financieras que un país tiene con acreedores extranjeros. Es dinero que debemos a gente de afuera. Este “paquete” tiene dos grandes compartimentos: la deuda pública, que es la que pide el Estado para construir puentes o pagar hospitales, y la deuda privada, que es la que asumen las empresas o incluso personas particulares con entidades del exterior.

¿A quién le debemos el dinerito? 

A veces pensamos que la deuda es con un solo “gran cobrador”, pero en este rollo hay varios personajes. Imagina que el dinero viene de tres fuentes distintas, cada una con su propia personalidad:

  • Los Multilaterales: Aquí mandan el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial. Imagina al FMI como un “médico de urgencias”. No lo llamas para un chequeo de rutina; lo llamas cuando el país ya está en la sala de emergencias, sin un centavo y con la economía colapsando. Ellos llegan con el maletín lleno de dinero, pero la medicina es amarguísima: te imponen condiciones de ahorro y recortes muy estrictos para asegurarse de que les devuelvas el préstamo.
  • Los Bilaterales: Son préstamos de gobierno a gobierno. Aquí tenemos al Club de París, un grupo de 22 países ricos que se sientan a negociar juntos. Pero también está el “Club No-París”, donde potencias como China, India o Arabia Saudita juegan sus propias cartas.
  • Los Privados: Aquí el asunto es puro negocio. Son bancos comerciales o gente común —sí, inversionistas que podrían ser personas como tú o yo— que compran bonos. Estos bonos son contratos donde el país promete devolver el dinero con intereses. Cuando se emiten en dólares en el extranjero, se les suele llamar eurobonos, aunque, para confundirnos más, casi siempre se negocian en dólares y no en euros.

Para que veas la diferencia entre la deuda interna y la externa, usemos el ejemplo de Zambia. Si el gobierno le debe dinero a un banco local en su propia ciudad, eso es deuda interna. Pero si el acreedor es Goldman Sachs en Nueva York o un banco en Londres, eso ya es deuda externa. El gran problema es que la deuda externa obliga al país a sacar recursos reales de su economía para mandarlos al extranjero, creando un riesgo de balanza de pagos que puede dejar las arcas nacionales vacías.

¿Cómo se nos salió de las manos?

Muchos se preguntan: “¿Cuándo nos metimos en este pedo?”. Todo empezó en 1973, cuando el precio del petróleo se multiplicó por cuatro. Los países petroleros se inundaron de dinero y no sabían qué hacer con él. Lo metieron en bancos internacionales y esos bancos, desesperados por mover ese capital, empezaron a ofrecer créditos a manos llenas con intereses bajísimos. Literalmente, casi forzaban a los países en desarrollo a aceptar el dinero. En América Latina, muchas dictaduras militares aceptaron estos préstamos de forma irresponsable para proyectos faraónicos o, peor aún, para enriquecerse ellos mismos.

Pero en los años 80, la trampa se cerró de golpe. Las tasas de interés mundiales subieron como espuma —se multiplicaron por cuatro en pocos años— y el valor del dólar se disparó. Fue la famosa Década Perdida. Los países se vieron obligados a pedir nuevos préstamos solo para pagar los intereses de los préstamos viejos. Es la receta perfecta para una bola de nieve que no deja de crecer.

Aquí es donde entra un concepto que debemos conocer: la deuda odiosa o indigna. No es solo un término emocional, tiene una base legal que definió Alexander Sack en 1927. Para que una deuda sea considerada “odiosa”, debe cumplir tres requisitos:

1) Que se haya pedido contra los intereses del pueblo,
2) sin el consentimiento de la gente (como bajo una dictadura)
3) que el prestamista supiera perfectamente que el dinero se usaría para reprimir o para fines corruptos.

Es como si un banco le prestara dinero a un ladrón para que compre armas, sabiendo que luego obligará a los vecinos a pagar la cuenta. ¡Es una traición total!

El Efecto Magneto

Vivimos en un mundo donde todo está conectado. Cuando la Reserva Federal de EE. UU. (la Fed) sube sus tasas de interés, actúa como un “imán gigante” en el Norte que atrae todo el dinero suelto del mundo hacia allá, porque ahora es más seguro y paga mejor. Nuestros países tienen que “magnetizar” sus propias tasas, subiéndolas también, para evitar que los capitales salgan volando.

Esto nos lleva al drama del riesgo cambiario. Imagínate el sudor en la frente de un Ministro de Finanzas en Ghana: entre 2015 y 2016, su moneda, el cedi, se devaluó un 20% frente al dólar. Esto significa que una deuda de 1,000 millones de dólares, que antes equivalía a 3,200 millones de cedis, de pronto pasó a valer 4,000 millones. ¡El país debía 800 millones de cedis más sin haber pedido prestado ni un centavo extra! Solo por el movimiento de las monedas.

En países como Perú, el Banco Central vive vigilando esto. Aunque Perú tiene una política más independiente gracias a sus reservas de 74,000 millones de dólares, el resto de la región suele resfriarse cada vez que Washington estornuda.

El costo invisible y la deuda ecológica

No solo debemos billetes; también debemos naturaleza. Aquí aparece la deuda ecológica: el Norte Global consume recursos del Sur a precios injustos y, para colmo, nos manda sus desechos. Filipinas, por ejemplo, vio cómo sus importaciones de basura plástica subieron un 150% cuando otros países cerraron sus fronteras.

Pero hay algo más triste: para conseguir los dólares necesarios para pagar los intereses de la deuda, muchos gobiernos presionan la explotación de sus recursos naturales. Se impulsan los famosos cash crops (cultivos para exportación), lo que lleva a la deforestación y la minería salvaje. Estamos vendiendo nuestra selva y nuestra agua solo para pagar intereses. Como ves, la mochila no solo pesa, también destruye el paisaje.

El Momento Actual

Los datos del Banco Mundial son para asustarse: en 2023, los países en desarrollo destinaron la cifra récord de 1.4 billones de dólares (sí, con “b” de billón en español, lo que en inglés llaman trillions) a pagar su deuda externa. Los intereses están en su nivel más alto en dos décadas.

Indermit Gill, economista jefe del Banco Mundial, dice que el sistema es “defectuoso”. Y tiene razón: el dinero está saliendo de las economías más pobres justo cuando más falta hace para escuelas o vacunas. Instituciones como la Asociación Internacional de Fomento (AIF) intentan ayudar prestando a los más pobres con tasas de casi cero (cobran apenas un 1.4% de comisión de servicio), pero a veces ni eso es suficiente frente al tsunami de deuda privada que retira capital de los países.

Conclusión

Después de todo esto, quizás te sientas un poco abrumado. Pero hay esperanza. Movimientos como la Campaña Jubileo han logrado que se condonen deudas impagables en el pasado. Como decía el Papa Juan Pablo II en el espíritu del Gran Jubileo, la persona humana es el recurso más valioso de cualquier nación, y los beneficios de cualquier alivio de deuda deben llegar a los más pobres, invirtiendo en su salud y educación.

La clave es la transparencia. Los ciudadanos tenemos el derecho y el deber de saber qué se pide, a quién y en qué se gasta. Acceder a esa información es el primer paso para evitar que la mochila se llene de piedras innecesarias.

Al final del día, entender cómo funciona el dinero es el primer paso para reclamar un futuro más justo. No dejes de preguntar qué hay en la mochila de tu país, amigo.

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