En 2025, el sonido del campo llegó a la ciudad. Decenas de miles de agricultores en más de 20 estados de la República salieron a las carreteras. Los tractores, habitualmente herramientas de siembra, se convirtieron en símbolos de protesta, deteniéndose en autopistas y oficinas de gobierno. Los productores no pedían lujos, sino algo fundamental: precios justos que les permitieran seguir trabajando la tierra. El grito era claro y unánime: producir comida en México ya dejó de alcanzar.
Esta imagen de movilización nacional nos obliga a plantear una pregunta central: ¿por qué miles de agricultores, quienes nos dan de comer todos los días, han llegado a este punto? No se trata de una simple queja, sino de la señal de una crisis profunda, una “tormenta perfecta” que se ha gestado durante años y que afecta la seguridad alimentaria de todo el país.
Para entender el porqué de estas movilizaciones, primero debemos analizar la ecuación económica que hoy simplemente no cuadra para los productores.
1. La Ecuación Imposible: Producir Cuesta Más, Vender Vale Menos
La razón principal de la crisis es tan simple como devastadora: imaginen dirigir un negocio donde los costos de operación se disparan sin control, mientras el precio al que pueden vender su producto se desploma. Esa es la realidad del agricultor mexicano hoy.
Los productores enfrentan un “apretón” económico que ha hecho insostenible su actividad. La siguiente tabla ilustra esta presión financiera:
| Costos de Producción (Últimos 5 años) | Precios Internacionales de Granos (Desde 2022) |
| Aumento de más del 46% en insumos como diésel, fertilizantes y semillas. | Caída de entre 30% y 50% en los mercados de maíz, trigo y soya. |
El impacto de esta tenaza económica es brutal. Tomemos como ejemplo el maíz blanco, pilar de la dieta mexicana. Su rentabilidad se desplomó de más del 50% en 2022 a apenas el 12% en 2025. Producir cuesta casi lo mismo que se recibe por la venta, y en muchos casos, incluso más.
Esta combinación de altos costos y bajos precios es devastadora por sí sola, pero la situación se agrava por la desaparición de las redes de seguridad que antes protegían a los productores.
2. Sin Red de Seguridad: ¿Quién Protege al Productor?
Ante la volatilidad de los mercados globales, los productores contaban con instrumentos de apoyo diseñados para darles certidumbre. Mecanismos como el Ingreso Objetivo y la Agricultura por Contrato funcionaban como una red de seguridad, garantizando un ingreso mínimo y permitiendo pactar precios antes de la siembra.
Estos programas, enfocados en la productividad, fueron eliminados y sustituidos por una política que prioriza los apoyos “asistenciales”, la cual ha demostrado ser insuficiente y excluyente, al tiempo que ha desmantelado la inversión en bienes públicos esenciales.
• Alcance limitado y excluyente: Los apoyos actuales se concentran en productores de menos de cinco hectáreas, dejando fuera a los medianos y grandes, quienes son responsables del 75% de la producción nacional. El resultado es una contradicción alarmante: mientras se excluye a la mayoría productiva, algunos de los nuevos esquemas benefician a menos del 1% de los agricultores del país.
• Abandono de la infraestructura clave: La falta de inversión en bienes públicos es dramática. El presupuesto hidroagrícola, vital para la infraestructura de riego, se desplomó de 15,000 millones de pesos en 2016 a solo 100 millones de pesos en la actualidad. No es un recorte; es un abandono casi total que compromete el uso eficiente del agua.
• Riesgos sanitarios por recortes: La sanidad agropecuaria, pilar de nuestro acceso a mercados internacionales, también ha sido debilitada. La falta de recursos en el Senasica tuvo una consecuencia directa y grave: la reaparición del gusano barrenador después de 20 años de haber sido erradicado. La respuesta de Estados Unidos fue inmediata y unilateral: cerrar la frontera a las exportaciones de ganado en pie, conectando directamente los recortes presupuestales con un severo golpe económico para México.
Mientras los productores de granos básicos luchan por sobrevivir sin apoyos, otra cara del campo mexicano muestra una historia completamente diferente: la del éxito exportador.
3. Una Historia de Dos Campos: El Éxito del Aguacate y la Crisis del Maíz
Para entender la complejidad del sector agroalimentario mexicano, es crucial reconocer que no hay un solo “campo”, sino dos realidades muy distintas. Por un lado, un sector moderno y exportador que triunfa en los mercados internacionales; por otro, el sector de granos básicos, enfocado en el consumo interno, que enfrenta una crisis profunda.
La siguiente tabla comparativa muestra el agudo contraste entre ambos mundos:
| Característica | Sector de Granos y Oleaginosas | Sector Hortofrutícola (Frutas y Hortalizas) |
| Balanza Comercial | Deficitario (se importa más de lo que se produce) | Superavitario (se exporta más de lo que se consume) |
| Autosuficiencia | Producimos solo el 42% de lo que consumimos. | Producimos el 128% de lo que consumimos. |
| Crecimiento (desde TLCAN) | Producción estancada. | Producción creció más del 100% (de 17 a 44 millones de toneladas). |
La lección de este contraste es clara: mientras un sector se ha modernizado, tecnificado y enfocado con gran éxito en la exportación de productos de alto valor como el aguacate o el tomate, el sector que produce los alimentos básicos para el consumo nacional —el maíz, el frijol, el trigo— enfrenta graves problemas estructurales, falta de apoyos y una rentabilidad en picada.
Este éxito exportador, sin embargo, oculta una realidad preocupante: mientras vendemos aguacates al mundo, cada vez dependemos más de otros países para obtener los granos básicos que comemos a diario.
4. La Despensa Vacía: La Creciente Dependencia Alimentaria de México
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) recomienda que, para garantizar la seguridad alimentaria, un país debe producir al menos el 75% de los alimentos que consume. México está muy por debajo de esa meta en los productos más importantes, lo que nos hace peligrosamente dependientes del exterior.
Los datos sobre nuestra dependencia son alarmantes:
1. Granos en General: En las últimas tres décadas, nuestra autosuficiencia en granos y oleaginosas se ha desplomado. Pasamos de producir entre el 72% y el 82% de lo que necesitábamos a producir solo el 42%.
2. Maíz: Somos la cuna del maíz, pero hoy solo producimos el 49% del total que consumimos. La situación es aún más crítica con el maíz amarillo (usado para alimentar al ganado), donde la dependencia de las importaciones es de un abrumador 85%.
3. Otros básicos: La dependencia es aún más severa en otros cultivos esenciales. Apenas producimos el 20% del trigo y el 20% del arroz que necesitamos para nuestra alimentación.
La consecuencia principal de esta dependencia es una enorme vulnerabilidad. Nuestra despensa depende de que no haya sequías en Estados Unidos, de que no existan conflictos comerciales o de que los precios internacionales no se disparen. Con los alimentos, como dicen los productores, no se juega.
Esta dependencia no es solo una cifra estadística; tiene un efecto directo en la cadena que va desde el campo hasta la comida que llega a nuestra mesa, generando una extraña paradoja en los precios.
5. La Paradoja de la Tortilla: Si al Campesino le Pagan Menos, ¿Por Qué a Mí me Cuesta Más?
Es la pregunta que muchos se hacen: si los agricultores están protestando por los precios bajísimos que reciben por su maíz, ¿por qué el kilo de tortilla en la ciudad no baja?
La respuesta es que existe una enorme desconexión entre el precio en el campo y el precio en el anaquel. Mientras los productores luchan por cubrir sus costos, el precio promedio del kilo de tortilla para el consumidor se mantiene alto, rondando los 23.50 pesos, según datos de la Profeco.
Esto no se debe a un único “villano”. El problema radica en que la participación del agricultor en el precio final se encoge, mientras que los márgenes de intermediarios, transportistas y almacenadores se mantienen obstinadamente altos. Los altos costos de logística, almacenamiento y las ineficiencias en la cadena de comercialización impiden que la caída de precios en el campo se transfiera al consumidor. El sistema no distribuye los beneficios de manera justa, perjudicando tanto al que produce como al que compra.
Esta desconexión en los precios es el síntoma final de una tormenta perfecta que lleva años gestándose en el campo mexicano.
Conclusión: Una Llamada de Atención para Todos
Las protestas que vemos en las carreteras no son un problema aislado de un sector, sino el resultado de una crisis sistémica. La “tormenta perfecta” que enfrenta el campo mexicano se compone de varios elementos críticos:
• Costos que suben y precios que bajan, destruyendo la rentabilidad.
• Falta de políticas públicas efectivas y la eliminación de una “red de seguridad” para proteger a los productores de la volatilidad.
• Un abandono de la inversión en bienes públicos clave, como la infraestructura para el agua y la sanidad agropecuaria (Senasica), con consecuencias económicas devastadoras.
• Una creciente y peligrosa dependencia alimentaria que nos hace vulnerables como país.
• Una cadena de comercialización ineficiente que perjudica tanto al productor como al consumidor.
El sonido de los tractores en las carreteras no es solo un reclamo por precios justos. Es un llamado de atención urgente sobre la seguridad alimentaria de 130 millones de mexicanos. La demanda central de los productores es clara y necesaria: la creación de una política pública integral y moderna que devuelva la rentabilidad, la certidumbre y el futuro al campo mexicano.