El impacto de la Gran depresión en el mundo

Piénsalo por un segundo: es 1928 y estás en el corazón de Nueva York. El aire vibra con una electricidad que no es solo el alumbrado público. Es la sensación de que el progreso es infinito. La radio es la voz de una nueva era, los rascacielos se elevan como monumentos al ingenio humano y la bolsa de valores parece una máquina de imprimir dinerito para cualquiera. Desde el corredor de Wall Street hasta el aprendiz que apenas empieza, todos participan en el Big Bull Market. Pero esa fiesta, la de los “maravillosos 20”, se alimentaba de una mezcla explosiva de especulación desmediday dinero prestado.

Lo que muchos no veían era que la prosperidad no era igualitaria y las bases financieras eran más especulativas que reales. La gente operaba con un sistema de crédito peligroso: podías comprar una acción de 100 dólares poniendo solo 10 de tu bolsillo; el resto era deuda. Mientras el mercado subiera, eras un genio financiero; si bajaba un poco, el corredor te exigía efectivo que no tenías.

El primer gran aviso llegó el 24 de octubre de 1929, el legendario Jueves Negro. Pero la verdadera estocada ocurrió cinco días después: el Martes Negro (29 de octubre). Ese fue el día más sombrío de la historia de Wall Street, cuando se vendieron 16.5 millones de acciones en un clima de pánico total. Para noviembre, unos 50 000 millones de dólares se habían desvanecido en el aire. No eran solo números en una pizarra; era el motor de la economía mundial rompiéndose en mil pedazos, dejando a una sociedad ciega de optimismo ante una realidad brutal e inmediata.

Un poquito de contexto

Tras la Primera Guerra Mundial, el equilibrio de poder cambió. Estados Unidos pasó de ser un deudor a ser el sugar daddy del planeta. Europa, y muy especialmente Alemania, respiraba gracias a los préstamos estadounidenses necesarios para pagar las astronómicas reparaciones de guerra (fijadas en 132 000 millones de marcos oro).

Cuando el sistema bancario de EE. UU. colapsó y la Reserva Federal cometió el error de reducir la oferta monetaria, ocurrió lo inevitable: los bancos americanos, desesperados por liquidez, cancelaron créditos extranjeros y retiraron sus fondos. 

Fue como si el generador principal de un vecindario explotara; todas las casas conectadas por deudas se quedaron a oscuras. La quiebra del Credit Anstalt en Austria en 1931 fue el efecto dominó que confirmó que la crisis se había “exportado” con éxito, transformando una caída bursátil en una parálisis global.

En un intento por salvarse solos, el Congreso estadounidense aprobó la Ley Smoot-Hawley en 1930. No fue una decisión ligera, sino una barrera técnica masiva que elevó los aranceles del 40% al 47%, y que debido a la deflación, llegó a representar un costo efectivo del 60% para quienes querían vender productos en EE. UU.

Esta ley fue un bumerán. Otros países, heridos, respondieron con sus propias represalias comerciales, cerrando mercados y asfixiando el intercambio de bienes. El resultado fue una catástrofe sin precedentes: el comercio internacional cayó en dos terceras partes (un 66%) entre 1929 y 1932. En su afán por proteger lo local, los gobiernos terminaron por hundir la circulación del dólar y de las mercancías, demostrando que en una economía interconectada, el proteccionismo radical puede ser un acto de canibalismo económico.

El costo del desastre

La Gran Depresión no solo se midió en dólares, sino en términos humanitarios. En Estados Unidos, el desempleo alcanzó el 25%, pero la frialdad de la cifra oculta el drama: millones de personas de clase media terminaron viviendo en chozas o haciendo filas interminables por un poco de sopa y pan.

Esta crisis rompió la psique de una generación. El desempleo prolongado se convirtió en el principal factor de riesgo para la depresión mayor y la ansiedad. El pesimismo e inquietud se apoderaron de las calles. Era la sensación de que todo se había roto; la gente sentía que, tras haber trabajado duro, el sistema los había desechado. Ese sentimiento de traición fue lo que realmente preparó el terreno para los cambios políticos más drásticos del siglo XX.

El motor del hambre

Cuando la democracia no puede poner comida en la mesa, los discursos radicales empiezan a sonar como soluciones coherentes o como diría la chamiza “te ganan los pensamientos intrusivos”. El caso de Alemania es la advertencia más potente de esta era. La República de Weimar, asfixiada por la deuda y con un desempleo del 30%, se volvió ingestionable.

Es crucial entender que el ascenso de Adolf Hitler no fue inevitable; fue una mezcla de momento oportuno, desesperación social y pura suerte. Los nazis, liderados por la retórica de Hitler y la estrategia de la “legalidad” de Goebbels, decidieron desmantelar la democracia desde dentro, usando sus propias herramientas. Hitler llegó al poder de forma “legal” en 1933 gracias a:

  • Las intrigas de políticos como Franz von Papen y el círculo cercano al presidente Hindenburg, quienes subestimaron a Hitler creyendo que podrían “controlarlo”.
  • El uso del Artículo 48, que permitía gobernar por decreto en emergencias, permitiendo que un gobierno democrático se transformara en una dictadura totalitaria en cuestión de meses.

Este fenómeno de inestabilidad no fue exclusivo de Europa; en América Latina, las privaciones económicas facilitaron que el mapa político se llenara de dictaduras y regímenes autoritarios que prometían el orden que el mercado ya no ofrecía.

Roosevelt para presi

En 1933, Franklin D. Roosevelt asumió la presidencia con una idea revolucionaria: el New Deal. Esto no fue solo carisma; fue un experimento planificado por un grupo de intelectuales conocido como el “Brain Trust”. Juntos, decidieron que el Estado debía dejar de ser un espectador para ser el protagonista.

  • El primer New Deal: Se enfocó en la asistencia urgente, rescatando bancos y creando empleos en obras públicas.
  • El segundo New Deal: Introdujo reformas estructurales como la seguridad social y el fortalecimiento de los sindicatos.

Roosevelt entendió que la economía se mueve por expectativas. A través de sus famosas charlas radiales, logró que la gente volviera a creer. Sin embargo, Roosevelt también cometió errores, como intentar equilibrar el presupuesto en 1937, lo que provocó una nueva recesión y demostró que la recuperación aún pendía de un hilo.

El dramático desenlace

Siendo honestos con la historia, el New Deal alivió el dolor, pero no curó la enfermedad. Para 1941, justo antes de que Estados Unidos entrara de lleno en el conflicto mundial, todavía había 10 millones de desempleados (un 20% de la población activa).

Fue la movilización total para la Segunda Guerra Mundial lo que finalmente eliminó el desempleo y devolvió la producción a niveles superiores a los de 1929. El gasto militar masivo reactivó la industria armamentística de una forma que los programas civiles no habían logrado, absorbiendo toda la mano de obra disponible.

Y probablemente te preguntes, qpd con latinoamerca, ¿aquí no paso nada?, y la respuesta es, si, pasó muchísimo pero eso te lo contaré en el próximo artículo :).

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